Watulame o la tierra de los irresponsables.
Watulame es un país pequeño, donde ocurren cada cierto tiempo y por condiciones geológicas particulares, tremendos eventos catastróficos. Aunque mantienen un ritmo impreciso de “cada 5 o 40 años” siguen siendo cada vez muy pero muy sorpresivos para sus habitantes. La prensa y la gente se muestran alarmados por las penurias que el destino o dios les entregan sin petición previa, respondiendo con lamentos corales y los habituales generalatos post batalla que acompañan a los daños, a las medidas y a los muertos.
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Por estos días, los ciudadanos de Watulame están a las puertas de celebrar 200 años de su gobierno autónomo, de sus instituciones, ministerios, empresas y alcaldías, al mismo tiempo que otros números implícitos pueden ilustrarnos los traumatismos: 83 terremotos, 17 tsunamis, 84 derrumbes sobre ciudades, 21 incendios de envergadura, 196 inundaciones, 8 erupciones volcánicas sobre una ciudad, 16 golpes de estado y 7 matanzas de trabajadores, todos durante su ilustre vida independiente, que mas que un aniversario republicano pomposo, entrega aromas de la instauración añeja y vanguardista de un Imperio, del decidido imperio de la “mala cueva”.
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Hace pocos días una fortuita combinación de terremoto-tsunami-derrumbe ha afectado al País y sus centros productivos, abriendo otra vez el debate en torno a quienes son los responsables de tal desgracia aumentada, cuando edificios han caído, viviendas han sido llevadas por el mar y minas subterráneas han colapsado. Cuando el edificio se cae, cuando la ola se lleva las casas o cuando la mina se derrumba destruyendo vidas y bienes el engranaje sistémico se activa para que “valiendo la pena”, la justicia institucionalizada actúe a su modo para determinar quien o quienes deben pagar por sus errores u omisiones.
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Sorprendentemente en Watulame una tradición nacional celebrada y defendida (¿por sus ahorros?) es la de no tomar medidas previas ni planificar para evitar o minimizar esos pasados y próximos seguros acontecimientos, sino que mas bien unos y otros se culpan y disculpan en tardías reacciones que intentan traspasar a otros sus responsabilidades, hasta que el tiempo, una y otra vez, acalle con olvido hasta el siguiente desastre.
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Los privados culparán a la autoridad por crear una norma deficiente junto a una escasa fiscalización comprometida. La autoridad, con menos fuerza, acusará a los privados de incumplimiento normativo y de la mínima o nula prevención ante las posibles fallas del sistema. La opinión pública observa como víctimas y victimarios presentan pruebas, defensas y distractores. ¿Que será de Watulame en la extrañeza de que con altísima probabilidad seguirán no estando preparados para las catástrofes que le son propias?, ¿Logrará definir Watulame que las responsabilidades y culpabilidades son compartidas pero que no eximen a ninguna de las partes?
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Penosos temas para un próximo y cataclísmico capítulo.
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